El fotógrafo que se bajó del tren y se subió al Faro
Secundino Iglesias Ortigueira, Siorty, reportero gráfico de FARO DE VIGO entre 1963 y 1975, fue uno de los primeros profesionales del fotoperiodismo en Galicia y sin duda una figura singular injustamente olvidada

Hombres pican adoquines en Orillamar (1970) / Siorty
«Quizá no tuviese una técnica muy depurada, ni medios materiales suficientes, ni tan siquiera una buena parte de sus fotografías se caracterizasen por el toque creativo que transforma una obra normal en arte, pero los trabajos de Siorty llenaron una época del periodismo gráfico local». Así comenzaba el obituario que, firmado por su compañero de Redacción Paulino Julio García, FARO DE VIGO publicaba el 9 de noviembre de 1982, al día siguiente del fallecimiento de Secundino Iglesias Ortigueira, uno de los primeros profesionales del fotoperiodismo en Galicia y sin duda una figura singular injustamente olvidada, que formó parte de aquel pionero y selecto grupo de fotógrafos gallegos que encontraron en el periodismo un camino alternativo para poder ganarse la vida o, en algunos casos, y hablando en plata, una manera de sobrevivir. Y es que, como señala su hijo, Miguel Iglesias Pazos, «cuando mi padre empezó, aquella era una época de miseria, y aunque trabajaba en la Renfe, la nómina que cobraba no le daba para el sustento de la familia, así que tuvo que buscarse algo que aumentara los ingresos en casa y, como tenía afición por la fotografía, en principio se dedicó a fotografiar a gente en la calle del Príncipe».
Secundino se ubicaba cerca del actual MARCO, antigua cárcel, más o menos donde está ahora situada la escultura de homenaje a Manuel Castro (aquel que fuera popular vendedor callejero de ejemplares del periódico decano de España) y ofrecía sus servicios a los viandantes que pasaban por allí con escenas como ésta que describe Iglesias Pazos en su libro Siorty. Testimonios en blanco y negro.
-¡Foto! ¿Quiere una foto?, preguntaba mostrándoles su cámara colgada del cuello a las madres que con sus niños vestidos «de domingo» paseaban por la calle del Príncipe…

Obituario de Siorty firmado por su compañero de Redacción Paulino Julio García, publicado el 9 de noviembre de 1982 en las páginas de FARO DE VIGO / FDV
Resulta curioso que Secundino González Iglesias, al contrario que la mayoría de sus colegas, nunca se dedicase al retrato de estudio, como corrobora Miguel: «No, mi padre jamás se dedicó al retrato, entre otras razones porque el «estudio» que tenía en casa era simplemente un cuarto que había habilitado como laboratorio para revelar las fotos, pero no para fotografiar posados; a él lo que le gustaba era captar a la gente al natural, sin poses, y al margen de vender las fotos que tomaba a los «clientes» de la calle del Príncipe, lo que de verdad le encantaba era la espontaneidad humana, y esa es una característica fácilmente identificable en buena parte de las fotos que hizo para la prensa; se daba un paseo y, en cuanto se encontraba con alguna escena especial o cualquier personaje peculiar, no dudaba en disparar su cámara. Mi padre fue un prototipo de fotógrafo callejero puro y duro. Eso, hoy en día, no podría hacerlo, claro, porque le causaría problemas de todo tipo, legales y personales, pero en aquella época… casi nadie se molestaba».
«Trasladó el laboratorio de revelado de su vivienda a la Redacción de El Pueblo Gallego, instalándolo en lo que antes había sido la cocina de un viejo edificio en la calle Doctor Cadaval»
El caso es que la popularidad del «fotógrafo de Príncipe» creció de tal manera que llamó la atención de la dirección del diario El Pueblo Gallego que, cual exigían ya los tiempos, quería incluir a un fotógrafo en su plantilla. Y fue así como, en 1952, según relata Miguel Iglesias, aquel fotógrafo de la calle «se incorporó a la Redacción del periódico de la Cadena del Movimiento como reportero gráfico de la mano del popular Hincha Perico (José Ramon Martínez), cuando este periódico se codeaba con los mejores de la prensa gallega». «Con sus propios medios -prosigue Miguel Iglesias Pazos en su libro de homenaje a su padre- trasladó el laboratorio de revelado de su vivienda a la Redacción de El Pueblo Gallego, instalándolo en lo que antes había sido la cocina de un viejo edificio en la calle Doctor Cadaval».

Portada del libro «Siorty. Testimonios en blanco y negro», de Miguel Iglesias / FDV
Por su trabajo en EPG empezaron a interesarse no sólo otros diarios de Galicia (el vespertino La Noche, La Hoja de Lunes…) sino de toda España: El Caso, Marca, Abc y la revista Blanco y Negro… e incluso la incipiente agencia Europa Press, desde los cuales le reclamaban para que colaborase con ellos a la par que continuaba trabajando en el periódico fundado por Manuel Portela Valladares en 1924 y que, tras la guerra civil, fue incorporado a la «prensa del Movimiento». Y fue también su trabajo en la prensa lo que le introdujo en los círculos culturales vigueses de las décadas de los 50, 60 y 70 del siglo pasado, particularmente el de los artistas, intelectuales y escritores que acostumbraban a reunirse en la taberna de Eligio, donde conoció a Álvaro Cunqueiro, que luego sería director de FARO DE VIGO entre 1965 y 1970. Sin embargo, quien fichó a Siorty para el decano no sería Cunqueiro, sino su antecesor en la dirección, Manuel Cerezales González, que lo alineó de titular en la plantilla cual si se tratase de un fichaje estelar propio de los territorios futboleros, a partir del año 1963.

Miguel Iglesias, hijo de Siorty, muestra fotos del archivo familiar realizadas por su padre / Alba Villar
«Tuvo suerte o, mejor dicho, tuvimos mucha suerte cuando fichó por el FARO -confiesa Miguel Iglesias-, porque en El Pueblo Gallego, que estaba ya en decadencia, las condiciones laborales eran bastante malas, así que entrar en el FARO nos cambió la vida a toda la familia». En la Redacción de aquel FARO dirigido por Cerezales y con sede en la calle Colón, trabajaban periodistas de tan grata memoria como el ya citado Paulino Julio García, Manuel Tourón, Manuel R. Varela… o el histórico ex jefe de Deportes del decano, Fernando Gallego Arzuaga, quien guarda felices recuerdos de sus «aventuras» con Siorty: «Nunca estaba de malhumor, y siempre se mostraba servicial para cualquier encargo que se le hiciese. No ponía reparos a nada y hacía todo y de todo sin rechistar. Le gustaban las bromas y las practicaba constantemente. Con él me tocó cubrir muchísimas informaciones, y no sólo las referentes a deportes, sino también a sucesos y eventos varios. Cuando había que desplazarse lo hacíamos en el Seat 600 de la empresa que siempre conducía yo y ¡hala, a tirar millas! A ir donde hiciese falta rodando por aquellos caminos».

Fernando Gallego, ex jefe de Deportes de FARO DE VIGO, ante tres fotos en pantalla realizadas por su compañero Siorty / Marta G. Brea
Al llegar a FARO, Siorty se encontró con el que, posteriormente, se erigiría en el fotógrafo más afamado y popular del periódico, Manuel García Castro, Magar, quien, tras algunas colaboraciones puntuales, ya había ingresado en la plantilla de FARO un año antes, en 1962, después de cumplir el servicio militar. Entre Siorty y Magar se estableció una competencia interna que, sin embargo, no rompió su, al menos aparentemente, amistosa relación. «Es cierto -refiere Miguel Iglesias- que de alguna manera eran competidores dentro del propio periódico pero, desde luego, mi padre no era de los que se enfadaban con facilidad y, si lo hacía, recurría a su vena humorística, en plan cachondo. En casa, sobre todo cuando aún estaba en activo, apenas contaba cosas del periódico y de su relación con los compañeros, pero a mí me consta que le sentó muy mal que, a un partido que el Celta disputaba en A Coruña, decidiesen llevar a Magar y dejarle a él en Vigo. Consciente de su enfado, Cunqueiro, que ya era director, para resarcirlo decidió que, en 1966, fuese Siorty quien acompañase a él y a Fernández Del Riego a Inglaterra, para asistir a los fastos de la conmemoración del milenario de la victoria del príncipe Guillermo sobre Harold, el rey sajón, en la batalla de Hastings, viaje y visita que inspiraría a don Álvaro la escritura de Os cantos de Hastings».
«A Siorty -retomamos el obituario de Paulino Julio- se le podía llamar a cualquier hora del día o de la noche, para embarcarse en un aljibe de madrugada e inmortalizar el naufragio del barco «Cabo de la Plata», embarrancado a la altura de la boca Norte de las Cíes, cerca de la playa de Barra, como para agazaparse bajo las enormes patas de un caballo de saltos, en los concursos hípicos de Lagares, y disparar su cámara cuando el cuadrúpedo saltaba por encima del cuerpo del fotógrafo. Sonreía, volvía a disparar, no se quejaba por las incontables horas seguidas que le ataban a la máquina y al laboratorio y su única preocupación era hacer una información amplia, diversificada y diferente para que el periodista que le acompañaba en cada reportaje tuviese donde elegir y el director del periódico sacar buenas imágenes en primera página. Así lo hizo en El Pueblo Gallego y así lo repitió durante muchos años en FARO DE VIGO».
Secundino Iglesias Ortigueira se vio obligado a abandonar el fotoperiodismo y, consecuentemente, el FARO, en 1975, hace cincuenta años, aquejado de la enfermedad que lo llevaría a la muerte, un cáncer de garganta que acabó por devastarlo, una agonía que tampoco pasó desapercibida en el obituario de su amigo Paulino: «En la cruel enfermedad que le abatió, a los 64 años, lo único que lamentaba Siorty —sin perder nunca el ánimo y la luz de su semblante, aunque en los últimos meses fuese como una vela mortecina— era no seguir fotografiando todo cuanto ocurría a su alrededor, para llevar los negativos a la eternidad, como los egipcios depositaban en los sarcófagos sus mejores ropas y joyas (…) Y sepa que aquí, en el FARO, como antes en El Pueblo, seguiremos pensando en su audacia, en su desprecio por el riesgo, en su profesionalidad de roca, y que cuando nos situamos ante el hecho noticiable, por mucho que escribamos y pensemos, Siorty le diría más al público sólo con dos golpes de clic».
La trayectoria de Siorty no estuvo exenta de galardones y reconocimientos públicos como, entre otros, el Premio Internacional de Periodismo «Rías Bajas» (1962), el otorgado por la agencia Europa Press al «mejor reportaje gráfico publicado en la prensa española» o el primer premio del Salón de Fotografía Deportiva (1971). También, celtista hasta la médula, fue fundador de la primera asociación de periodistas deportivos de Galicia. Pero su mayor tesoro es su legado fotográfico, del que hoy exhibimos tan solo una diminuta muestra. «De todas formas -concluye su hijo- a él no le importaba la fama, no buscaba el éxito profesional, no era ambicioso en ese sentido. Con lo que más disfrutaba, y con ello se daba por satisfecho, era con estar con los amigos de fiesta o ante una suculenta comida para echarse una risas y contarse entre ellos sus historietas».
De Secundino a Siorty
Siorty era hijo de Sara Ortigueira Fernández, abandonada por el padre biológico del futuro fotoperiodista, un tal Cascallar, que nada quiso saber del pequeño y emigró a Argentina dejando a su novia sola, con un bebé que había nacido en 1918 en Portas y que mantuvo los dos apellidos su madre hasta que ésta contrajo matrimonio con Estanislao Iglesias, un joven del pueblo, cambiándole definitivamente el primer apellido. En ellos se inspiró para confeccionar su «marca» como fotógrafo: SIORTY, resultado (como él explicaba en una entrevista que le efectuó el Hincha Perico con la firma de José Ramón en El Pueblo Gallego) «de un anagrama de mi nombre y mis apellidos: Secundino Iglesias Ortigueira».
La familia se instaló en Vigo, estableciendo su domicilio en la zona de Lavadores, donde el joven matrimonio abrió una pequeña tienda de ultramarinos mientras, ya en edad escolar, Secundino ingresó primero en las Escuelas Nieto y, después, en la de don Pepe, en la calle Sagunto, famosa por la elevada estatura del maestro y su rigidez en los métodos de enseñanza, regidos por el lema «La letra con sangre entra».
Reclutado forzosamente, a los 18 años, por el ejército de Franco, lo destinaron al cuartel de artillería antiaérea de Campolongo, en Pontevedra, pero nunca llegó a estar en el frente, lo que hizo, destaca su hijo, «que se sintiese orgulloso por no haber tenido que disparar ni un solo tiro». Licenciado del Ejército y finalizada la guerra civil, en 1942 comenzó a trabajar en Renfe como ayudante de montador. Dos años después, se casó en Vigo con Áurea Pazos Graña, descendiente de una de las familias más conocidas de Lavadores, conformando un matrimonio del que nacieron tres hijos: Áurea, Montserrat y Miguel. Este último reconoce que no podría calcular a qué edad surgió la afición de su padre a la fotografía, si ya le venía de la infancia o emergió durante la «mili», ni tampoco cómo se las arregló para contar con el dinero suficiente para comprar aquella cámara Leica, la mejor y seguramente más cara de la época, cuando decidió apostarse como «centinela» de la calle del Príncipe.
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