Entrevista | Alejandro Zambra Escritor

Alejandro Zambra: «Existen dos tiempos que no rivalizan: el del juego y el de la literatura»

«Se lee y se escribe en soledad y luego se comparte», dice el autor chileno

Alejandro Zambra, ayer, en Santiago. | Jesús Prieto

Alejandro Zambra, ayer, en Santiago. | Jesús Prieto

Belén Teiga

Santiago

Alejandro Zambra (Santiago de Chile, 1975) espera sentado en la biblioteca del IES Rosalía de Castro, en la capital gallega. Es precisamente ese centro educativo el que acaba de concederle el XXVIII Premio San Clemente de novela por su libro Literatura infantil (Anagrama, 2023). Zambra busca ser preciso en sus respuestas. Ninguna de ellas parece casualidad, como tampoco lo es la reflexión sobre la infancia que impregna la mayoría de su obra.

Este premio tiene un elemento diferenciador con respecto a otros: lo otorgan estudiantes de instituto. ¿Qué representa para usted?

Es un premio completamente inesperado, perfecto. Para mí fue muy importante a esa edad, de los doce años en adelante, el diálogo en torno a los libros. Me remeció completamente la posibilidad de discutir la tradición, lo que llega a ti consagrado por el tiempo o por su publicación en una editorial, ponerlo en el espacio en el que tú quieres. Es un ir y venir de la soledad y la compañía, se lee y se escribe en soledad y luego se comparte y se va consiguiendo una forma nueva de experimentar el tiempo. Eso es también este reconocimiento.

La literatura llega para muchos a través de la familia o del propio sistema educativo, ¿cómo fue en su caso?

Por mi abuelita materna. No era la mía una casa con libros, pero sí que de vez en cuando nos visitaba un personaje de libro, que era ella, porque portaba en muchos sentidos la condición literaria. Estaba muy obsesionada con que sus nietos escribiéramos. No la vi nunca con un libro en las manos, pero para ella la escritura estaba muy asociada a la expresión de sentimiento y también a las historias que ella misma había vivido, muchas de ellas muy traumáticas, porque era una sobreviviente del terremoto de 1939 en Chile. Nunca me contaron cuentos para dormir, pero cuando ella venía nos intentaba hacer dormir contándonos historias divertidísimas, que en realidad eran chismes.

Podríamos decir, entonces, que la escritura y el contar historias le llegaron de una manera natural…

De los libros me enamoré después. A mí me gusta hablar, digamos, de una preliteratura. ¿Qué fue lo que finalmente te aproximó a los libros o creó en ti un prejuicio positivo hacia ellos? Cuando recibía los libros de texto, que pasaban de generación en generación y te llegaban borrados, había unas pequeñas secciones antológicas y yo las devoraba. Para mí eso era una fiesta. Esto después se proyectó a los libros, pero digamos que me interesaron las palabras, el lenguaje, antes que la literatura.

Ya en ‘Formas de volver a casa’ (Anagrama, 2011) está presente la relación padre e hijo. ¿Lo ve ahora desde otro lugar?

Uno siempre va cambiando de posición o, quizás, insistiendo en lo mismo de formas distintas, creo que hay una trampa siempre en la paternidad de formularla de acuerdo con tu experiencia como hijo. Mi experiencia como padre depende de mi experiencia como hijo, pero no exclusivamente.

¿Es una comparación inevitable?

Sí. Además, es interesante discutirla. Yo pertenezco a una generación que tuvo la suerte del rodeo, dimos una vuelta muy larga a la vida antes de decidir ser padres. Antes se era padre porque sí, porque así tenía que ser, muy joven. Yo tuve el privilegio de ver y de discutir otras formas de paternidad, de pensar, de esperar, y eso ya lo hace muy distinto. También pude nutrirme de experiencias de otras personas que no son mi padre y cuyo ejemplo ha sido muy importante.

En ‘Poeta Chileno’ (Anagrama, 2020) narra la relación padrastro-hijastro. Más tarde, en ‘Literatura infantil’ escribe: «Tal vez todos somos padrastros de nuestros hijos. La biología nos asegura un lugar en sus vidas, pero igual ansiamos que nos elijan como padres».

La paternidad biológica parece constituirnos como especie. El padrastro y la madrastra son figuras difíciles de comprender ya que se encontraron con la paternidad. Es un vínculo muy intenso, pero a la vez muy deslegitimado. Se enfrenta a un prejuicio que está incluso cristalizado en el lenguaje, hay una máxima complejidad. El padrastro que cría a un niño no lo hace pensando en abandonarlo, pero tiene que lidiar con esos estereotipos negativos. Tienes que construirte a ti mismo como alguien excepcional porque la categoría que hay no te sirve. Luego, como padre biológico hay una naturalidad máxima, pero es atractivo distanciarse de ella y ver cómo es uno mismo como padre.

En ‘Literatura infantil’ se percibe una paternidad muy consciente...

Y buscadísima, también.

La define como «una verdadera fiesta».

Esa frase está ahí para ser discutida, pero yo la vuelvo a suscribir plenamente, consciente de que las formas en cómo se ejerce y comprende la paternidad son innumerables. En mi caso he querido experimentar, dedicarme a crear y criar. Hay muchos días en los que me lo paso muy bien conversando con mi hijo, tratando de entenderlo, escuchando música, tocando la guitarra, escribiendo. Creo que existen dos tiempos que no rivalizan: el del juego y el de la literatura, que también es un juego. Estamos intentando vivir según un tiempo propio, en contra de esta dictadura del tiempo cronológico.

Señala en el libro que la etiqueta de literatura infantil, la que escoge para el título, le parece «condescendiente y ofensiva». ¿Es todo, en el fondo, literatura infantil? ¿Quería darle la vuelta a la etiqueta?

Al final, como título de libro, es equívoco. No es la primera vez que me pasa. Con La vida privada de los árboles me colocaban en la sección de jardinería (risas). Hay algo de juego en sí mismo, con las categorías. También hay un homenaje a los niños porque yo tenía un prejuicio muy positivo por los libros para ellos, pero nunca los había experimentado. Habiendo estado siempre muy cerca de esta literatura, de pronto, con la llegada de nuestro hijo, que ahora tiene siete años, ha regido nuestra vida. En la pandemia la gente te preguntaba qué estabas leyendo y yo leía fundamentalmente libros con el niño. Es muy hermoso ver cómo para ellos los libros están hechos para ser releídos. Es todo lo contrario a lo que nos pasa de adultos. La lectura no debería tener que ver con la idea clásica de conclusión.

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