Me sopla Lois Pérez Leira, infatigable investigador de la emigración gallega en América, la noticia de un inventor e industrial vigués de principios del siglo pasado llamado Ramón Quesada, cuyo rastro detectó en Cuba por unas circunstancias que pasaremos a narrarles seguidamente. Claro que, antes de ello, debemos situarnos en el contexto histórico de la época que, en este asunto, centramos en los naufragios de aquellos primeros grandes trasantánticos modernos, y no ya solo el legendario hundimiento del «Titanic». Porque antes de esa tragedia, también acontecieron catástrofes marítimas como lo fue, el 15 de julio de 1904, el incendio del vapor «General Slocum» durante una excursión por el East River, en la ciudad de Nueva York, en el que fallecieron 1.300 personas. O el choque del «Mortera» contra el «Sánchez Barcaíztegui» el 18 de septiembre de 1895 en la entrada de la Bahía de la Habana, algunos de cuyos náufragos fueron devorados por los tiburones. Es decir, que la modernidad en el transporte marítimo se cobró numerosas víctimas que, lógicamente, propiciaron que los pasajeros, entre ellos numerosos emigrantes gallegos, que embarcaban en estos buques, no las tuvieran todas consigo. Aquellas tragedias llamaron la atención de Ramón Quesada, quien llegó a la conclusión de que los botes salvavidas no ofrecían la seguridad suficiente para el salvamento de vidas en casos de naufragio, así que había que inventar un artefacto más efectivo. Después de plantearse distintas opciones, Ramón calibró que el instrumento salvavidas tenía que estar vinculado al propio equipaje del pasajero o tripulante. Y fue así cómo ideó la Maleta Salvavidas, en la que, seguimos a la prensa de entonces, “el viajero puede guardar en ella sus ropas como si se tratase de otra maleta de las de corriente uso. Pero, si sobreviene el naufragio del buque que le conduce, si la tripulación se insubordina o si la nave porta fieras y éstas se sueltan por el barco, entra en funciones la Maleta. El pasajero vacía su maleta y deja en ella, en compartimientos especiales, los objetos de valor: el dinero, las alhajas, los documentos de importancia, todo aquello que ocupa poco sitio y no debe abandonarse sino en última instancia. Una vez vacía, ya en el momento de abrirla salen automáticamente, de cada uno de los lados, unos tramos de fina madera, que dan al artefacto el aspecto de una pequeña embarcación». Entusiasmado, el inventor realizó una demostración de su invento en la Ría de Vigo a la que acudió numeroso público y medios de la prensa. El propio Ramón desplegó la maleta en el mar y el supuesto náufrago, según las crónicas, demostró la utilidad de su invento, aguantando el oleaje de la ría. Al terminar la prueba recibió muchísimas felicitaciones, entre ellas la del comerciante radicado en La Habana José Reigosa Lombardero, a quien le vendió la patente en el país caribeño. Reigosa era un emigrante de Trabada (Lugo) que pertenecía a la élite comercial y financiera de Cienfuegos, era dueño de la Casa Reigosa y regentaba diversas sociedades y mueblerías con su hermano Manuel y sus paisanos José Villapol Fernández y José Barcia Barrera. Sin duda, Ramón Quesada consiguió hacer con el egregio empresario emigrante un buen negocio pero, que se sepa, sobre los futuros resultados nunca se pudo tener constancia, ni confirmar si aquel ingenioso invento fue utilizado en alguna oportunidad y, sobre todo, si tuvo éxito. Mucho me temo que no.